(Publicado en El correo, sección Territorios)
Me presentaré: me llamo Margarita Luxemburgo y soy escritora.
No, no busquen en Internet, sería tiempo perdido, todavía no me han publicado nada. En cuanto al nombre, si por las leyes de la discreción lo presuponen falso, no seré yo quien les convenza de otra cosa; piensen lo que quieran, están en su derecho. Y ahora, por favor, apaguen la radio, el televisor, y pónganse cómodos y cómodas; se abre la sesión.
Local de copas carroza, tres de la madrugada. Me encuentro en una confusa noche de uno de mis ciclos vitales más hastiados y deprimentes, les situaré: dos novelas inéditas, una con una extensión de ochocientas páginas a ordenador, letra Times New Roman cuerpo 12 a doble espacio, como les gusta a los editores, la otra algo más breve, ambas de corte histórico, que llevaba paseando por editoriales y agencias varios años y aún no había conseguido publicar. Las excusas para las negativas eran tan parecidas entre sí como ambiguas y desoladoras: no se ha considerado conveniente incluir su novela en nuestros actuales planes de publicación…, lamentamos no poder ayudarla…, no consideramos su novela adecuada…, tenemos el cupo de publicaciones cubierto…, blablablá, blablablá, así hasta la extenuación durante tanto tiempo que ya había perdido todo interés por medirlo. Entonces apareció el concurso, un concurso de relato organizado por el Departamento de Turismo del Gobierno Vasco y supe que debía presentarme. La cuantía del premio era atractiva pero lo que yo perseguía en realidad era ir inflando mi currículo con algún premio literario que me proporcionara credenciales ante cualquier escéptico editor. La historia del relato, cómo no, tenía que referirse a un viaje.
La noche de la que les hablo me agarré una curda importante. No es mi estilo, no crean, soy más bien prudente y contenida, pero estaba demasiado desinflada, mi vida derrapaba, y no solo en el terreno creativo o laboral. Por la curda, o por aburrimiento, o por ambas cosas tal vez heme ahí tonteando con un señor catalán de buena pinta y muchos años que me invitaba a acompañarle al día siguiente (o sea, ese mismo día por la tarde) a Berlín. Sí, han oído bien, a Berlín, y por las buenas. Viaje de trabajo. Él tenía que dar una conferencia sobre arquitectura dinamista (dinamista???) además de entrevistarse con otro arquitecto para tratar no sé qué asuntos. Por supuesto no era yo la que debía acompañarle sino su esposa, pero habían discutido en Barcelona y a última hora ella le había dejado plantado. Así que quedaba una plaza libre que con unos pequeños arreglos burocráticos (y monetarios, supongo) estaba a mi disposición.
Perfecto, me dije, voy a Berlín con el abuelo y fabrico la historia del relato. Al pelo. Aunque estaba bastante pedo era capaz de adivinar que cuando me encontrara serena y sentada en el avión junto a un desconocido sentiría inquietud o desagrado, pero también sabía que muchas veces la pluma del escritor es guiada por experiencias adversas; el artista se nutre del lado oscuro de la vida.
Para mí Berlín siempre había sido un laberinto de madera encerrado bajo cristal donde una bolita de acero tenía que sortear agujeros. La meta: Berlín. Un antiguo juguete que una tía octogenaria guardaba junto a las cartas de noviazgo, billetes sin curso legal y una peseta que mi hermano se tragó y expulsó, hace de eso tantos años como arrugas tenía ella en la cara. Nunca conseguí llegar a la meta y Berlín se convirtió en el arquetipo del lugar inalcanzable.
No estaba mal el abuelo, grande, fibroso y tenía una venerable calva extendida a la totalidad craneal por un corte de pelo al rape. Aunque sobón y pegajoso aquella noche, sin el aditamento alcohólico yo lo imaginaba tranquilo, educado hasta la exquisitez y supuse por su edad que no me daría demasiada guerra. Me tiré a la piscina, señores; todo por una historia.
Si se están haciendo preguntas a propósito de mi situación personal, intentaré responderles: ocupación liberal, economía precaria, matrimonio asfixiante, sin hijos, hermana enferma en Almuñécar.
Dije a mi marido que marchaba unos días con ella, a cuidarla. Mi hermana me necesitaba más que él.
Vuelo Bilbao-Palma de Mallorca (Imserso a tutti plein), Palma de Mallorca-Berlín, con Airberlín, en Business Class, tócate los pies. Terminal C de Tegel. O está en obras, o el aeropuerto deja mucho que desear (luego me enteraría que hay tres en una ciudad que sólo necesita uno). Hotelazo cuatro estrellas superior en Mitte, puro centro. Primer flash: en cuestión de potencia viril el vejete no anda nada mal.
Desde la ventana del hotel, grande, hambrienta de luz, como son las ventanas de Berlín, la ciudad se veía dormida, desparramada entre las inmensas avenidas restauradas que un día albergarían los desfiles nazis del Tercer Reich antes de que la aviación aliada vomitara muerte y demolición sobre ellas. Mi amante destilaba raudales de deseo a los que yo no me sabía negar. Noche voraz, mañana de paladeo. Entre encuentro y encuentro asaltábamos el minibar y gracias a la nueva trompa pude relativizar mi posición de prostituta. Al fin ¿quién no se ha prostituido alguna vez? Hay tantas maneras de hacerlo. Yo, entonces, lo hacía por el relato; mi cuerpo por una historia.
De mi marido me acordaba poco, la verdad. Ahora bien, llevaba toda la vida siendo buena chica y de lo que me había servido…
Por la tarde mi amante, llamémosle Pedro o Juan, había quedado con el arquitecto alemán, el afamado Hans Glück. No se esfuercen, no les sonará; como es fácil suponer he maquillado su nombre.
Casa de Hans en uno de los amplios patios interiores berlineses, construida como tantos otros bloques para rellenar espacio, cuando la expansión inmobiliaria amenazaba con esparcir la ciudad hasta más allá del infinito. Qué calles interminables, anchas como plazas de barrios nuevos, qué enormes manzanas de edificios. La casa de Hans, insólita como pocas. Y llena de luz. Su mujer nos recibió, descorchó para nosotros una botella de vino blanco (auténtico Müller-Thurgan), nos atendió un momento y luego desapareció. Ya no la volvimos a ver. Nuestros asuntos eran con Hans, ella tenía vida propia, así lo interpreté mientras me preguntaba cuánto tiempo había perdido yo y tantas mujeres como yo en atender compromisos de los esposos. La conversación transcurría en francés, poco inglés, apenas alemán (bitte, danke), saltando yo de un idioma a otro por la ignorancia casi absoluta de los tres. A ver, que yo hubiera escuchado calladita, lo juro, pero Pedro o Juan me implicaba, me traducía, hacía elogios de mis puntos de vista, me miraba directamente a los ojos, llenaba mi copa. Ah, hombre afectivo, expresivo, correcto hasta lo sublime, no le haré justicia total por más que lo enaltezca y lo pondere. Y yo escudriñando la casa y tomando notas de todo, jugando a la periodista cutre cuando, seguramente, a los ojos de esos dos hombres sólo sería una cotilla vulgar. Si supieran…; mi reputación por una historia.
Los días siguientes fueron una completa Luna de Miel. Durante el tiempo libre que su trabajo nos dejaba, caminábamos largas horas solos, pero también a ratos con Hans: barrios interesantes del Este, Prenzlauer-Berg, Kollwitzplatz, Mauerpark, lugares alternativos de mezcolanza humana donde la arquitectura soviética tiene peso de plomo. Garitos repintados, mercadillos decadentes, ropa al peso, insignias y botones comunistas, porquería… Pedro o Juan disparaba si Nikon digital con prodigalidad nipona, recuerdos de Berlín en los que yo no podía figurar a menos que quisiéramos correr un riesgo inútil. El engaño, la mentira….
Y de pronto, me entra un interés exagerado por el Muro, su historia, su recorrido, su fisonomía, su derribo… The Wall, Le Mur, Die Mauer… casi doscientos kilómetros de vergüenza que perduran en la esencia de Berlín como las deportaciones judías o la cruda guerra. Espacios al aire libre, museos, exposiciones, memoriales, Checkpoint Charlie, todo habla del Muro, división incongruente que, paradójicamente, encerraba a los que vivían extramuros de él, hay que ir a Berlín para poder entender esto. Bloqueo soviético, represión después de la victoria, guerra en medio de la paz. Berlín es el Muro como el Vaticano es el Papa o La Rioja es el vino. RDA, pasos fronterizos, zona de la muerte, la Stasi: el ojo del Gran Hermano te vigila… Pero yo seguía con sequía creativa, sin mi historia. Tal vez se me dobleguen las musas entre los restos de hormigón grafiteado que se alzan en lugares estratégicos para que el mundo no olvide nunca esa afrenta.
Zampábamos currywurst y apfelstrudel en baretos genuinos intercambiando palabras, sonrisas, miradas. Aparentemente lo tenía loco al hombre; yo me dejaba querer. Por cierto, el vino blanco delicioso, weisswein a todas horas, Riesling como para parar un tren, o Juliusspital, caldo bávaro como para llenar bañeras. Berlín es una borrachera perpetua como Sodoma una continua bacanal. Y para bacanal, las noches en el hotel. Qué resistencia la del amigo. Y yo pensando que viajaba con un prototipo del Gerovital. Si salíamos con Hans frecuentábamos los establecimientos más chic de Mitte regentados por literatos o lesbianas, y los restaurantes de cocina creativa zona Unter Den Linden, la avenida cuyos tilos centenarios Hiltler hizo talar. Entonces, atrevidos, achispados,hablábamos mezclando lenguas de los nazis, de la guerra fría, del Muro, de todo aquello que se habla con un berlinés que roza los sesenta, compartiendo mis gafas progresivas de setecientos pavos ante las cartas de vino que, sin ser entendida, me parecieron un estallido de calidad: Domaine Ostertag que se te iba la olla; Beerenauslese en botellas de a millón. Yo, qué quieren, era lo más parecido a feliz. Qué purificación de formas enquistadas, qué catarsis; como el Muro berlinés en el año 89, también el mío, mamposteado de medianía cotidiana, acababa de caer. Mi vida ya no era plana, había un antes y un después, y perdonen el topicazo.
Pero ¿y el relato? Nasti de plasti, reniego de mi imaginación inválida; mi reino por una historia.
Se terminaba el viaje, al día siguiente dejábamos Berlín. Por la tarde habíamos paseado de la mano por Rosa-Luxemburg Strasse recordando a la ideóloga marxista, escritora en cierto modo, como yo, asesinada en Berlín a los 49 años, los mismos que en un par de meses cumpliría yo. El aire levantaba el polvo del asfalto, llevaba días sin llover. La tarde se oscurecía en una penumbra nostálgica. Vino y más vino para calmar la tristeza y la sed. Luego, en el hotel, nos aferrábamos al último contacto y lo estirábamos como un hipotético caminar por un interminable muro en cuyo final estuviera el adiós. Mientras enredaba con mis dedos en su torso plateado, desinhibida, me atreví a decir:
-Lo que se ha perdido tu mujer. Pero yo me alegro de que se enfadara.
Era la primera vez que hablaba de ella y a continuación me eché a reír.
Entonces él se incorporó de súbito apartándose de mí, su rostro malhumorado y tenso. Tenía una voz extraña que no reconocí cuando dijo:
-A mi mujer ni la menciones. No hay palabras suficientes en el diccionario para alabarla.
Imagínense la cara de póquer que se me pondría. Pero seguido, empezó a llorar. Lloraba por esa mujer, por su ausencia, lloraba por el exceso de vino. Y yo lloré con él. Por el fin de mi aventura, por mi matrimonio roto, por las novelas que jamás publicaré, por los hijos que nunca tuve, por la historia que no había conseguido idear. Llorábamos como plañideras y vaciábamos el minibar mientras el amanecer se colaba formando haces sutiles de luz a través de la cortina entrecerrada.
Mucho antes de llegar al aeropuerto ya había recuperado al hombre adorable que me sedujo. Volamos juntos a Palma de Mallorca, allí cambiábamos de dirección, él a Barcelona, a su casa de diseño, a su trabajo modelo, a su mujer venerada; yo a mi rutina fundacional. Y de golpe, en el avión tengo una sacudida interna: me voy sin conocer Berlín, el del turismo propagandista, el del visitante que aburre y alardea ante cualquiera cuando vuelve a casa, el de las guías: la Museumsinsel, Tiergarten, el Sony Center, la cúpula del Reichstag, no he franqueado aquel muro infantil, Berlín sigue siendo para mí, como en el difícil juguete de la vieja tía, un lugar inalcanzable.
¿O no? Acaso lo que ocurre es que lo conozco demasiado.
Auf Wiedersehen Berlín. Good bye Lennin. Adiós Pedro o Juan. Nunca nos volveríamos a ver pero tal vez yo regresaba con mi historia.